Hielo y brasas

Los dos luceros no brillaban con la alegría de siempre, se habían vuelto trozos de hielo, consumidos por la desconfianza. Un puñal de acero no habría causado en ella peor herida que esa hecha por él, una herida cruelmente certera e irreversible. Sucedió esa noche. Se suponía que debía ser una velada de luces de amor danzantes, pero se transformó en una gran cascada de tinta, manchando de dolor y puñales el alma de ella. Todo por esa extraña mariposa incandescente que acabó revelando su naturaleza de viuda negra. Ella la había visto, una sombra revoloteando en torno a él, que parecía no darse cuenta de esa presencia ineludible. Un baile interrumpido para que él buscara dos bebidas. Un hilo dañino del destino quiso que sus dos estrellas azules se cruzaran con las dos brasas de la mariposa. El magnetismo fue invencible y él cambió la danza de la luz por el revoloteo negro de la mariposa, que a él le parecía lo más excelso del mundo. Mientras tanto, ella, cansada de esperar el retor...