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Mostrando entradas de octubre, 2010

Hielo y brasas

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Los dos luceros no brillaban con la alegría de siempre, se habían vuelto trozos de hielo, consumidos por la desconfianza. Un puñal de acero no habría causado en ella peor herida que esa hecha por él, una herida cruelmente certera e irreversible. Sucedió esa noche. Se suponía que debía ser una velada de luces de amor danzantes, pero se transformó en una gran cascada de tinta, manchando de dolor y puñales el alma de ella. Todo por esa extraña mariposa incandescente que acabó revelando su naturaleza de viuda negra. Ella la había visto, una sombra revoloteando en torno a él, que parecía no darse cuenta de esa presencia ineludible. Un baile interrumpido para que él buscara dos bebidas. Un hilo dañino del destino quiso que sus dos estrellas azules se cruzaran con las dos brasas de la mariposa. El magnetismo fue invencible y él cambió la danza de la luz por el revoloteo negro de la mariposa, que a él le parecía lo más excelso del mundo.  Mientras tanto, ella, cansada de esperar el retorno,  …

Caliel

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Un amuleto en el cuello de un príncipe podía ser considerado por muchos como una frivolidad, un mero adorno de la realeza. Pero para el príncipe Germán[1], ese amuleto en forma de media luna era lo utilizaba para comunicarse con su protector y consejero, el ángel Caliel.[2] Ambos se habían conocido por medio de una simple pero poderosa petición que el príncipe había hecho: un poco de ayuda para lograr aprender a ser un buen gobernante.  Apenas un día después de ese pedido, Caliel se presentó ante el príncipe, vestido de blanco pero con sus alas ocultas. Al verlo, Germán supo, de forma misteriosa, que tenía ante sí la respuesta a su pedido, por lo que quiso hablar a solas con el recién llegado.  Entonces, apenas la puerta se cerró, Caliel retiró de sus alas la capa de espejitos que las mantenía invisibles. El príncipe Germán quedó asombrado no sólo por la belleza de esas plumas que a pesar de ser blancas brillaban como plata, sino también por la mirada solemne y confiable del ángel, y s…

La palomita

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La torcaza era testigo de la rutina diaria  de la mujer. Todos los días volaba hasta el limonero y veía a través de la ventana. La mujer aparecía en la sala-comedor y encendía el televisor para ver su programa de aeróbicos, los cuales realizaba al mismo tiempo que la entrenadora. Luego de una hora de gimnasia ininterrumpida, se dirigía hacia el baño. En ese ínterin la torcaza volaba dos jardines a la izquierda y se comía las semillas de sésamo que el niño tiraba por la ventana cuando su madre no lo veía, pues no le gustaban las galletas ligth, prefería un paquete de obleas de chocolate. La palomita regresaba al limonero y volvía a mirar por la ventana. La mujer preparaba su café al mismo tiempo que hablaba por teléfono. Cuando ella se sentaba a la mesa, la torcacita volaba un jardín a la derecha y bebía agua de la fuente que allí había. Cuando regresaba siempre encontraba a la mujer lavando su taza y yendo raudamente a lavarse los dientes. La palomita bostezaba y esponjaba las plumas,…