Desafíos
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Eso era todo. Un minuto. Sólo ese tiempo, tan corto y eterno a la vez, era el que disponía ella para hablarle. Aunque él no iba a salir corriendo, por la simple razón de que era un empleado de ese local. La que en realidad debía hablar o salir corriendo era ella. ¡Qué tontería, sólo quería saber el precio de un libro! ¿Cómo no animaba a preguntar? ¡Qué bochorno! Lo cierto era que no podía articular ni una mísera sílaba. Empezó a balancearse de un pie a otro con indecisión. Finalmente se armó de valor, se acercó al mostrador y preguntó el precio del libro. El muchacho revisó la contratapa. -Veinte pesos.-dijo sonriente. Ella volvió a quedarse sin habla, ¿porqué tenía que sonreír él de esa forma tan franca y amable? ¿y cómo era que no había visto el precio impreso en una etiqueta tan grande? Luego de un momento reaccionó y agradeció. Entonces, de pronto comentó: -Me gusta este local, es una combinación perfecta, libros y música de fondo. Hay tantas librerías que no encienden la r...