Confianza



Nunca se habían visto el rostro, mejor dicho, nunca se vieron personalmente, solamente por fotografías, y ni quiera fotos que se pasaran manualmente, sino a través del correo electrónico.  Ninguno recordaba cómo era que se habían conocido, creo que se debió a un amigo en común, o sencillamente era el momento de que juntaran sus soledades para ver si desaparecían.  Ellos ya sabían, la gente tiende a usar alias en internet, e incluso inventarse una vida paralela, tal vez para no admitir que no estaban felices con la que llevaban diariamente o para tratar de sobrellevarla. En el caso de ellos…  bueno, ella decía que era detective privado y él que era profesional de la lucha libre. ¡Vaya ejemplo de lo que hacen algunos para sentirse más interesantes para los demás! Pero ellos parecía satisfechos de sus empleos y pasaban mucho tiempo charlando sobre ellos. Al final él se volvió experto en seguir pistas y ella aprendió algunas técnicas de lucha defensiva, un tanto diferentes a las que ya conocía de su trabajo de detective.  Pronto se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común y decidieron encontrarse personalmente. La cuestión era que, en el fondo, ambos sospechaban que las fotos que habían intercambiado no eran reales, mejor dicho, que no eran de sí mismos. Por esa razón cada uno fue al lugar de encuentro pensando que en realidad no conocía el rostro del otro, por no mencionar que tampoco creían lo de las profesiones.  Llegaron a considerar el no concurrir porque, realmente, sentían que iban al encuentro de un desconocido. Pero una voz les susurró que tuvieran confianza.  Y confiaron.
Cuando llegó el día, se dirigieron hacia la cafetería que era el punto de encuentro. Curiosamente, ninguno llegó antes, ambos coincidieron. Entonces ocurrió….



Al verse supieron de inmediato quien era el otro. Era cierto, la fotos de sí mismo no eran reales, pero se reconocieron con una sola mirada. Una mirada infinita, que dijo todo sin palabras.
Se acomodaron en una mesa y mientras intentaban recordar tomar al menos un sorbo de café se contaron muchas cosas. Uno de los momentos más memorables fue cuando ella sacó su credencial de detective privado y él un cinturón de seda con el número uno bordado en dorado.  Ambos rieron de pura felicidad y siguieron hablando de sí mismos, de otros, de todo, hasta que el café estuvo completamente frío y el bar comenzó a vaciarse. Finalmente cuando llegó el momento de despedirse acordaron volver a verse en esa misma cafetería en tres días. Inmediatamente después de ese acuerdo él la abrazó  con fuerza, como aferrándose a la felicidad que sentía por haberla conocido. Y tal vez ella sintiera exactamente lo mismo, porque le devolvió al abrazo con igual fuerza y cariño. Nunca supieron la duración exacta de aquel abrazo.
Aún ahora, tres años después de ese primer encuentro, ninguno sabe cuánto tiempo se abrazaron.  Lo que sí supieron fue que segundo encuentro sería especial. Y lo fue, especialmente porque él se le declaró antes siquiera de terminar su café. Hoy ya llevan tres años de casados, y nunca recordaron quién fue ese amigo en común que los conectó. Pero siempre le quedaron agradecidos. Tres años de un amor tan intenso como el primer día, suena extraño casi mentiroso, pero es real, tanto como ese amigo misterioso.
Ése amigo…fui yo. Algunos me llaman ángel, otros destino, otros casualidad, otros karma.
Yo soy simplemente, el Acomodador.

FIN


Bookmark and Share

Comentarios

Lao ha dicho que…
Muy interesante tu historia. Es que yo creo como vos, que no somos fruto de la casualidad y mucho menos cuando se trata de AMOR. Muchas gracias por todo y muchos saludos.
Mariela Marianetti ha dicho que…
Me ha encantado el mensaje del relato. Si uno lo analiza, su profundidad conmueve.

Un gusto leerte Vaeneria.

Entradas populares de este blog

Paisaje

Cita a ciegas

Mariposas de la vida