El Rescate (III-Final)



No se detuvo hasta las dos de la tarde. No tenía idea de cómo había llegado a esa pequeña localidad, lo único que notó era que estaba al costado de la ruta, detenido frente al restaurante de paso. Decidió entrar a almorzar, no por hambre sino porque necesitaba pensar.
Mientras esperaba su almuerzo, Marcos repasaba lo ocurrido. Luego de salir de la casa de la mujer decidió llamar a la empresa de limpieza de ese barrio y confirmó su temor: la basura de los contenedores se recogía dos veces a la semana y cada partida se incineraba apenas llegaba al depósito.
Todo se había perdido… los relatos, las reflexiones, cada uno esos trozos del alma de Marcos ya no existían, devorados por el fuego del error.
No se dio cuenta de que le habían traído el almuerzo. Su vista estaba perdida, igual que su mente. De pronto una hoja de papel lo golpeó en la oreja derecha. Parpadeó y se inclinó a levantarla. La miró y volvió a dejarla caer con un grito ahogado. Nuevamente la levantó al mismo tiempo que escuchaba una voz suave:
-Perdón, el ventilador hizo que se escaparan algunas hojas.
Marcos vio sus ojos reflejados en otros de color miel y contempló la sonrisa más gentil que viera jamás. Apenas volvió en sí murmuró:
-Ésta hoja… ¿dónde… dónde la encontraste?


-La encontré en un cuaderno, mejor dicho, encontré un cuaderno tirado con muchas hojas sueltas tirado en la calle y lo recogí. Estaba en medio de la calle, casi lo piso con la bici. Lo abrí y empecé a leerlos. Me gustaron. No tenían firma, unas iniciales nomás. Me dio pena porque quizá alguien los perdió. Así que decidí que lo mejor era conservarlo.
Marcos se levantó sin quitar los ojos de la sorprendida joven y le dijo con voz temblorosa:
-Esas hojas, ese cuaderno… son míos.
Entonces le contó lo ocurrido con su maleta. Ella le oyó alternando expresiones de sorpresa, indignación y pena, a medida que avanzaba el relato y luego dijo:
-Una historia extraordinaria verdaderamente-Luego se sonrió-. En el fondo me alegra formar parte de ella, aunque mi papel sea pequeño.
-No, dijo Marcos, nada de eso. Tu papel fue el más importante. ¿No te das cuenta? Si no encontrabas mi cuaderno todos mis cuentos, esas partes de mi alma, se habrían perdido…
Su expresión se volvió trémula al imaginar sus cuento desaparecidos para siempre. Luego se volvió tierna al mirar a la joven, cuya mirada se alternaba entre los ojos de Marcos y las manos de ambos, que se habían entrelazado sin que lo advirtieran. Él observó sus manos abrigando las de ella, se vio reflejado en la mirada gentil de ella y sintió que se olvidaba de todos los dolores y sentimientos trágicos que le acompañaban desde el momento en que su maleta se extraviara. De alguna manera, sintió que ese camino de espinas que tanto le había herido se transformaba en un sendero de hierba fresca y perfumada, con un misterioso y bello diamante, oculto dentro de un cofre que encontrara al final del sendero y que era invisible para todos menos para él, como si fuera el único capaz de ver una joya donde los demás sólo veían una roca común y corriente. Miró a los ojos a la joven y le regaló una sonrisa de mil sentimientos, luego, un poco ruborizado, preguntó:
-¿Quisieras tener algún cuento o reflexión de esos que te haya gustado?
Ella se sonrojó a su vez.
-En realidad… me gustaría que me contaras un cuento. Esperame un momento.
Luego se dirigió hacia el mostrador, habló con hombre que estaba allí, que asintió llamó a otra camarera y le señaló algunas mesas. Inmediatamente regresó junto a Marcos con la sonrisa más radiante que él viera en su vida y se sentó en la mesa que él ocupaba.
A unto de iniciar su relato, Marcos recordó algo, se excusó un momento y se dirigió hacia el teléfono que estaba junto al mostrador, colocó dos monedas, discó el número y esperó.
-Hola, ¿Quién habla?
-Mamá, soy Marcos.
-¡Marquitos, que alegría! ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue, encontraste tu tesoro?
-Sí, respondió Marcos al mismo tiempo que pensaba cómo había descubierto su madre que él había perdido más que una maleta, realmente recuperé mi tesoro y creo que encontré otro, uno realmente inesperado pero tan importante como el que perdí.
La risa contenida de su madre le indicó que había comprendido sus palabras.
-Espero que sea un descubrimiento que puedas presentarnos muy pronto.
-¡Mamá! No es… eh… no seas apurada.
-No es tanto, mirá tu padre y yo nos casamos al mees de conocernos, así que…
-Bueno, concedió Marcos con una ligera sonrisa en su rostro, te dejo porque se termina el crédito. Un beso para vos y papá. Ah, decile que el Chevey se porta de maravilla. Nos vemos mañana. Chau.
-Hasta mañana, Marquitos. Un beso.
Marcos regresó a la mesa y se sentó frente a la joven diamante cuya sonrisa lo tenía atrapado.
-Bien, querías que te cuente un cuento y aquí va. Había una vez…
-Esperá, interrumpió ella, quiero saber si va tener final feliz.
Marcos ladeó la cabeza sorprendido. Normalmente todos, incluido él, detestaban que les contaran el final de un cuento, libro o película. Sonrió. Verdaderamente ésta joven era completamente fuera de lo común.
-Sí, dijo al fin, tiene un final muy feliz, más de lo que el propio protagonista imaginaba.
Ella sonrió encantada y se acomodó para oír el relato. Mientras tanto, el ventilador seguía revolviendo los papeles que contenían casi todos los fragmentos del alma de Marcos, excepto el más reciente e importante, aquel que se hallaba sentado frente a él.

FIN


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Comentarios

LAO Paunero ha dicho que…
bien sabes Vaeneria que me gusta mucho leer tus relatos y ver tus fotografías.Quiero agradecerte por tu opinión acerca de los argentinos ante las inundaciones como vos bien conocés. Hacen falta mensajes positivos como esos!!!!!!! un saludo afectuoso!!

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