Influencias (Parte I)
Prólogo
Habíamos ingresado en la penumbra.
Mis pasos era aún más silenciosos que de costumbre, pensando no solo en
mantener el factor sorpresa conmigo sino también en el hecho de que él tenía
una revólver.
Aún no me recobraba de la terrible
verdad que no había querido ver. No podía terminar de creerlo. ¿Cómo era
posible que un día fuera mi mejor amigo y dos
días después se ocultara en un edificio antiguo con un
revólver listo para matarme en cuanto me viera? ¿Tanto lo habían cambiado en
esa… comunidad?
Respiré hondo y entré a la sala
principal, con el corazón en un puño.
-1-
Mi nombre es Lira y para empezar debo
decir que todo comenzó con una canción en un pequeño concierto y con la
invitación de un grupo de personas para reunirse frecuentemente a escuchar
música de ese grupo que a todos les gustaba.
Al principio todo fue muy normal.
Reuniones, café o cerveza y música de esa banda. Alex, mi mejor amigo desde
hace más tiempo del que puedo contar, también asistía a esas reuniones, e
incluso me llevó algunas veces, y debo admitir que no noté nada extraño al
comienzo.
Sin embargo, luego de algunos
encuentros, noté que Alex parecía cambiar lentamente su actitudes diarias.
Estaba más retraído, poco interesado en cosas que antes le gustaban, como
libros, programas de comedia en la televisión o tecnología. Comenzó a hablar de
lo mal que estaba el mundo, desde el culto a la fama hasta aquellos que solo
vivían para criticar a los demás. Al comienzo no lo tomé en serio, pues lo
conocía demasiado y sabía que era muy fácilmente influenciable,tanto que en más
de una ocasión yo misma debí mostrarle que estaba dejándose llevar y repitiendo
opiniones ajenas que estaban totalmente alejadas de lo que él pensaba
realmente.
Ahora que lo pienso, si él no hubiera
sido tan fuertemente “reprogramado” y yo no hubiera pensado que era un
comportamiento pasajero, entonces tal vez podría haberlo detenido antes de que
cometiera una locura y salvándonos a ambos. Pero nada de eso ocurrió.
-2-
Durante algunas semanas, él continuó
asistiendo a las reuniones. Yo desistí de acompañarlo después de ver que tanto
la música como los temas de conversación eran repetitivos en todos los
encuentros, como si quisieran grabar a fuego en sus mentes todas las conclusiones
que sacaban de esos encuentros. Siempre daban largos monólogos sobre la
autodestrucción de la humanidad y la falta de coraje de todos para “hacer lo
necesario” para salvar al mundo. Siempre eran críticas al poder, a los ricos, a
los gobiernos, y largas oraciones en favor de la rebeldía, el usar la violencia
en caso de ser necesario para salvar a alguien de caer en el engaño del
capitalismo. Por momentos sus palabras rayaban el fanatismo y era evidente que
todos comenzaban a sufrir un enorme complejo mesiánico, hablando de ser los
futuros redentores de la humanidad, los salvadores de la especie humana. Sus
discursos eran cada vez más fervorosos y noté que lentamente se gestaba un
movimiento de locura violenta, en el que Alex se involucraba cada vez más.
Entonces supe que las cosas terminarían mal si nosotros seguíamos metidos en
ese impredecible y perturbado grupo de mentes totalmente enajenadas de toda
razón o sensibilidad.
Después de una de esas reuniones, la
última a la que asistí, hablé con Alex para informarle que no iría más y para
pedirle que él también se alejara de esa gente, que era evidente que no estaban
nada bien de la cabeza. Le manifesté que incluso me daban miedo por la forma en
que hablaban y tenía casi la certeza de que estaban preparándose para llevar a
cabo alguna acción violenta en contra de alguien, una persona, un organismo, o
simplemente cualquiera que les llevara la contraria.
Pero todo el infierno comenzó cuando
terminé de hablar. Alex me devolvió una mirada tan seria como intensa, y, por
primera vez, tuve miedo de él. Su única respuesta dicha con voz de hielo, fue
que hiciera lo que quisiera, que no le importaba, que no esperaba que alguien
como yo entendiera la importancia de estar en un lugar donde se quiere hallar
la forma de salvar a la humanidad y que lo dejara en paz porque no pensaba
abandonar el grupo, que antes prefería que yo no volviera a molestarlo.
Lo vi alejarse y tuve la sensación de
que se adentraba en un enorme agujero negro del cual ni yo ni nadie podría salvarlo.
Mi temor se convirtió en lágrimas de rabia y tristeza. Respiré hondo y decidí
hablarle clara y largamente al día siguiente, cuando se calmara.
Pero él fue quien llamó primero para
hablar. Me dijo que deseaba arreglar las cosas conmigo de forma definitiva y me
citó en un antiguo edificio abandonado, un banco, caído en el olvido al mudarse
la compañía a otro edificio más moderno. Ambos conocíamos bien ese edificio, lo
habíamos descubierto una tarde al volver de la escuela secundaria, y desde
entonces nos reuníamos ahí cuando queríamos conversar sobre algún tema
importante.
Me sentí infinitamente feliz al
recibir su llamado e invitación, así que fui sin dudarlo a la hora señalada, el
crepúsculo.
Ese atardecer marcaría para mí el
comienzo de una noche negra.
Continuará...

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