Canto



Ese canto misterioso, que por momento parecía una tos melodiosa,  atrajo tanto al cazador que olvidó que perseguía un coatí para venderlo a un zoológico. La música parecía resonar sólo para él y la dulce voz lo guió hasta un claro, un mini espacio, cubierto de pequeñas florcitas blancas, junto al río Paraná. En ese ambiente selvático, que creía conocer como nadie, ese claro era un hermoso misterio, pues nunca lo había visto. Mucho menos había visto a la extraña mujer que allí estaba. Sus ojos eran marrones como dos trozos de cristal de roca, enmarcados por una antorcha incandescente y enérgica. Al ver al cazador se puso de pie y lo miró, lo miró, casi sin parpadear. No había miedo ni sorpresa en su semblante, sólo una contagiosa sensación de tranquilidad. El cazador bajó el winchester y se quitó el sombrero. La misteriosa mujer continuó observándolo en silencio.
-Ejem, el cazador se aclaró la garganta, perdón, ¿usted estaba cantando? Escuché música… o eso creo, capaz que el calor me está afectando.
Ella continuó mirándolo, pero una diminuta sonrisita le iluminó el rostro. Sin embargo no articuló sonido alguno.  Se volvió momentáneamente hacia el lago y el cazador pudo apreciar su vestido, de un naranja difuso, con una franja negra esfumándose en la espalda y cuatro má, también oscurass, una en cada brazo y pierna. Nunca había visto una mujer como aquella.  Aunque no parecía perdida él supuso que tal vez lo estaba. Se acercó y al pisar las hojas secas ella volvió a mirarlo. Él se ruborizó ante su mirada, tanto que aún su piel curtida por el sol se coloreó.  Entonces soltó su arma y buscó en su pequeño bolso y sacó un trozo de panal de abejas, envuelto en una servilleta de tela, una fusión de oro y algodón. Le quitó un pedacito y se lo comió para que ella comprendiera. Realmente debió entender el gesto porque su sonrisa se acentuó y extendió la mano. Él le entregó el dulce regalo y se vio reflejado en sus ojos. Un tanto atontado le preguntó:
-¿Estás perdida?
Ella negó con la cabeza y siguió comiendo con verdadero deleite.
-Ah, entonces, ¿está cerca tu casa?
Ella señaló hacia el monte que estaba a su derecha, a la orilla del río, y cuando el hombre desvió la mirada guardó el  trozo del panal restante entre los pliegues de su largo vestido. El cazador volvió a mirarla y sintió que era momento de continuar con su cacería, pues quería regresar antes del crepúsculo, para evitar encuentros con serpientes, o peor, con la luz mala, que se decía eran almas en pena en busca de una compañía que les hiciera soportable su deambular y les ayudara a redimirse de sus culpas, pues no pertenecían al cielo pero tampoco merecían el infierno. El cazador les temía muchísimo a esas apariciones. Miró nuevamente a la mujer y cómo ella volvió a sonreírle él supo que no debía preocuparse por la llegada de la noche, ella sabría regresar a su hogar. Entonces se despidió con un cortés “Fue un placer conocerla, señorita.”, acompañado de un toque a su sombrero. Recogió su winchester y se marchó rumbo a su casa.
Si el cazador hubiera regresado diez segundos después de irse, no habría encontrado a la misteriosa mujer pero sí a un hermoso animal, similar a un lobo, de pelaje rojizo, con una línea  de crines oscura desde las orejas al lomo, de patas largas enfundadas en mitones negros. Sus ojos eran oscuros pero su expresión era casi sonriente, lo que hacía que su suave y peluda cola rojiza y blanca se moviera lentamente, y era evidente que gran parte de su felicidad se debía a que su panza blanca se había deleitado con la miel que el cazador le había regalado. El aguará-guazú se sentó tranquilo y emitió un suave sonido, como si llamara la atención con una tos disimulada.  Un sonido similar a un alegre gritito de sorpresa salió de un árbol cercano y un segundo después un coatí bajó deslizándose y se acercó a su vecino, el aguará-guazú, que le acercó el trozo de panal que había guardado. El coatí enroscó la anillada y esponjosa cola y se sentó sobre las patas traseras a comerse la miel.
El aguará-guazú sonrió, hizo una inclinación con la cabeza y empezó a trotar hacia su cueva al borde del río. Otro día y otro vecino feliz. Quizá con unos diez vecinos más que ayudara cumpliría con su deuda. De algo no había duda, nunca volvería a robar gallinas, su mamá ya se había ocupado de castigarlo,  con un mes de ayuda a sus vecinos, especialmente los traviesos pero simpáticos coatíes, aunque permitiéndole usar la magia que le enseñara una lechuza bruja una vez.
El aguará-guazú llegó a su cueva y al ver a su mamá sonrió.
-Mami, ya hice mi tarea de hoy.
FIN






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Comentarios

Akua ha dicho que…
Muy bonita tu personificación, el animal hecho mujer, y muy dulce el final del relato. Me encanta la miel jejeje.

Besos.
Sorprendiendo siempre con tus dulces finales.
María ha dicho que…
Hola:

Vengo del blog de imágenes, te iba a publicar un comentario, pero como no se puede, vengo aquí.

Muchas gracias por tu huella en mi blog.

Un beso.
Vaeneria ha dicho que…
Akua: Gracias, me alegra que te gustara mi modo de presentar el personaje. A mí también me encanta la miel.

Alejandro: Que bueno que mis relatos sigan sorprendiédote. Gracias por venir.

María: Gracias por visitar mis blogs. Ya podés comentar tranquila en el Fotografías... Seguiré pasando por tu blog.

Saludos :)
Lao ha dicho que…
Todo tu relato es muy dulce e imaginativo, además de original. Muchos saludos, un gusto leer tus cuentos.

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