Corazón de fuego



El muchacho caminaba velozmente hacia la esquina, con la intención de cruzar la calle mientras el semáforo estaba en rojo. Casi llegaba, un paso, dos más y listo. Pero a mitad del segundo paso alcanzó a notar que algo iba hacia él. Sintió un golpe y se encontró despatarrado en el piso, con el sonido una voz masculina que le pedía disculpas. El hombre que había tropezado con él le tendió, a modo de disculpa un pequeño pergamino. El joven lo tomo sin pensarlo y ya estaba por preguntarle al hombre qué significaba eso, cuando se dio cuenta de que el hombre ya se alejaba con paso ligero.
El muchacho, llamado  Gabriel, observó el pergamino.  Contenía sólo una frase:
“La sabiduría es una luz que se intensifica sólo cuando el portador la necesita.”
Gabriel se quedó observando el papel unos instantes y luego se los guardó en el bolsillo. Continuó  caminando hacia su casa cuando escuchó a dos mujeres que discutían.
-No sé de dónde sacaste vos que él te quiere y sin embargo nunca dijo nada que lo confirme.-dijo la mujer de más edad.
-No dijo nada pero yo sé que me quiere. Tal vez no encuentre las palabras adecuadas.-respondió tímidamente la más joven.
-En  mi opinión, no se necesita decir mucho. “Te quiero”, no es una frase tan difícil. Al menos esa es mi opinión, y estoy segura que es lo que cualquiera te diría.
Gabriel escuchó atentamente y entonces, impulsado no supo porqué causa, se acercó la mujer más joven y dijo:
-Yo creo que una mirada basta para decir “Te amo” y por eso él no lo dice con palabras, sabe que sus ojos brillan con suficiente fuerza como para que vos veas lo mucho que te ama.
Entonces, apenas acabó de hablar, se turbó un poco y con un débil  “Disculpen” se alejó confuso.
No dejo de preguntarse qué le había ocurrido para que decidiera meterse de esa forma en una conversación ajena sin invitación, sin contar que dijo  sólo una frase y ni siquiera la pensó previamente, simplemente le salió espontáneamente. No dejaba de sorprenderse, porque la frase dicha le pareció perfecta para la ocasión, pero Gabriel reconocía que ése tipo de palabras, oportunas y hermosas eran más propias de algún poeta,  escritor o filósofo que de alguien común como él. Entonces recordó el pequeño pergamino que el hombre le había regalado. Volvió a leer lo que estaba escrito allí:
“La sabiduría es una luz que se intensifica sólo cuando el portador la necesita.”
Gabriel lo repasó y meditó un momento, tal vez, sólo tal vez, fuera posible que esas palabras fueran responsables de su repentina “inspiración”, quizá su mente reaccionó y tomó literalmente el significado de la frase, encendiendo la “luz de la sabiduría”, como rezaba el pergamino.
Continuó caminando y entonces oyó a un hombre que hablaba por teléfono.
-…y ahora no sé qué hacer… ¡¿Cómo pude olvidarme de nuestro aniversario?!
Gabriel se detuvo unos pasos más allá del hombre, se volvió y le dijo:
-Cómprele el vestido del cual ella le viene hablando hace semanas, envíeselo junto con un ramo de rosas correspondiente al número de  su aniversario y cuando llegue a su casa, bésela como si fuera la primera vez que lo hace y dígale lo mucho que la ama. Ella no recordará jamás que usted olvidó su aniversario.
Una vez más, Gabriel se sorprendió de su propia audacia y de sus palabras y volvió a decir “Discúlpeme” antes de seguir caminando velozmente. Ahora empezaba a preocuparse. ¿Cómo era posible que él supiera algo de ése hombre o de su esposa, como por ejemplo eso del vestido que, teóricamente, la mujer venía adorando desde hace semanas? Y sin embargo las palabras le habían salido totalmente naturales y sinceras, al mismo tiempo que sintió un ligero calor en el corazón, como si realmente una llama se hubiera encendido en él. Mientras caminaba rogó que el hombre del teléfono no tomara mal su intervención y, por si acaso, miró sobre su hombro, aliviado de no ver al hombre corriendo hacia él. Un tanto sorprendido siguió camino hasta llegar a su casa.
Al día siguiente casi se había olvidado de los incidentes con el pergamino, cuando lo vio sobre su mesa de luz. Nuevamente se preguntó qué había de real en ese papel , en lo que allí estaba escrito, y cuánto había puesto él de su imaginación, al creer que las palabras del pergamino dictaban sus acciones, sus propias palabras. Quizá todo fuera producto de su mente y él simplemente había sido un entrometido, aconsejando a personas desconocidas que nunca le habrían pedido opinión. Sí, no tenía duda de que todo era producto de su cabeza tan llena de cosas que le preocupaban y le hacían pensar rarezas, como que un pergamino le otorgue la habilidad de dar con las frases necesarias para cada problema humano y que esa “sabiduría” venga acompañada por una sensación de dulce calor en el corazón. Era una locura sin duda.
Salió de su casa para hacer un trámite antes del mediodía. Su mente seguía tratando de autoconvencerse de que todo había sido un truco, sin nada que demostrara que el pergamino o sus  palabras tenían alguna influencia en lo que le ocurrió el día anterior.
Mientras pensaba en todo eso, Gabriel oyó que alguien lo llamaba, no por su nombre sino por un amable grito se “Señor, señor”.  Se dio vuelta y vio acercarse a la misma mujer joven del día anterior.  Le contó unos segundos recordar de donde la conocía. Apenas acababa de hacer memoria cuando ella le dio un fuerte abrazo. Luego lo soltó y le dijo:
-¡Muchas gracias! Tenía usted razón, mi novio nunca me dijo que me amaba… hasta que lo vi escrito en sus ojos, y anoche, después de cenar me confesó que me amaba y quería casarse conmigo. ¡Es fantástico! Yo realmente quería encontrarme con usted y darle las gracias. 
-Emm…, bueno, no fue nada, sólo fue… una frase que me salió de repente. Supongo que fue inspiración ¿divina?
-Seguramente. En fin, muchas gracias, espero verlo pronto y que me diga otra frase tan… oportuna. Hasta pronto.
-Hasta luego.
Gabriel permaneció unos segundos parado, pero cuando siguió su camino sintió que había dejado en esa calle todos sus recelos, junto con  la idea de que su imaginación le había jugado malas pasadas y la sensación de haber sido un entrometido. Se había dado cuenta de que nada fue un truco, todo fue un nuevo inicio, un gran don. Su corazón estaba ahogado en un fuego de satisfacción.
Aún pensaba en ello cuando volvió a escuchar que lo llamaban, y por segunda vez en sólo cinco calles alguien se acercaba corriendo e inmediatamente lo abrazaba. Cuando pudo reaccionar un poco se dio cuenta de que la persona que lo había abrazado era el hombre que hablaba por celular el día anterior. Ésta vez su semblante no lucía preocupado sino radiante de felicidad.
-¡Mil gracias, loco! No sabés como me salvaste. Seguí tu consejo y mi esposa ni me criticó por olvidarme de nuestro aniversario, de hecho estaba realmente loca de felicidad. ¡Se quedó sin palabras cuando vio el vestido! Y mejor ni mencionar lo feliz que estaba con el ramo de rosas… y el beso fue… mágico. Realmente, muchísimas gracias por tu consejo. No sé cómo se te ocurrió pero realmente creo que me salvaste la vida.
-Caramba… bueno, me alegra que te sirviera mi consejo, fue inspiración repentina. Me gusta haberte ayudado.
-En fin, gracias. Ojalá nos veamos pronto nuevamente. Ahora me tengo que ir, pero te agradezco nuevamente tu ayuda. Bueno, hasta pronto.
-Un gusto ayudarte. Hasta pronto.
Gabriel continuó su camino y para cuando regresó a su casa estaba convencido de dos cosas: la primera, que había recibido mucho más que un pedacito de pergamino con una frase escrita, la segunda, que de ahora en más su corazón sólo se sentiría completo al estar transformado en un verdadero corazón de fuego, satisfecho por utilizar su don en beneficio de otros, valorando, desde ese día y para siempre, el increíble valor de una frase apropiada dicha justo a tiempo.
FIN


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Comentarios

Akua ha dicho que…
No hay nada como decir las cosas y ser oportuno...
Gran relato como siempre.
Felices Fiestas.

Besos.
Nelita ha dicho que…
Hola Vaeneria te deseo muy Feliz Año nuevo para ti y toda tu flia besos Nelita

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