Las vías del destino (2ª parte)



Valiant permaneció dos horas mirando fijamente el celular apoyado en la mesa. No se atrevía siquiera a abrirlo. Era el celular de ella, cuyo nombre aún no sabía, pero ese detalle en ese momento no le importaba. Tener ese teléfono era como estar frente a ella… y ponerle las manos encima le parecía un sacrilegio. Sin embargo, sabía que también era una oportunidad, una excusa para hablar con ella. Pero, ¿cómo haría para devolverle el celular si ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada por más de dos segundos?
Finalmente eligió la opción más simple y cobarde de todas.
Al día siguiente ella encontró en el asiento que solía ocupar su teléfono celular. Por supuesto que su sorpresa fue enorme, pero aumentó al abrir la tapa del aparato y descubrir una notita:
“El destino me llamó… pero no tuve el valor de responder así que, con un gran dolor, le devuelvo el teléfono…”
Ella leyó la nota, la guardó en su bolsillo y se sentó en su butaca habitual. Durante gran parte del trayecto se mantuvo sonriendo.
Mientras tanto, aplastado en su asiento, Valiant no dejó de golpearse la cabeza contra la pared, al menos mentalmente, por haberse dejado dominar por el miedo. ¿Porqué se acobardó, porqué se dejó asustar por la posibilidad de que las cosas no salieran bien, porqué no transformó su amor en valentía? Realmente… no merecía el nombre que llevaba.[1] No era valiente, ni decidido, ni nada, era un tremendo fracaso romántico. ¡Una nota! Ni si quiera lo intentó, sólo se escapó cobardemente. Idiota, mil veces idiota. Realmente ella merecía a alguien mejor, más esforzado, más fiel a sus sentimientos, alguien dispuesto a enfrentar el miedo mismo con tal de sincerarse respecto a sus sentimientos.
Ni aquel día ni los restantes de esa semana Valiant se sentó frente a ella, y no aspiraba a nada más que mirarla de reojo cuando subía al tren. El fin de semana fue una lenta agonía, interminable, lleno de culpa y autocastigo. Ni el fútbol de los domingos apartó el rostro de ella del corazón de Valiant.
Quizá fuera a causa de ese invencible sentimiento de vergüenza y cobardía, o quizá sólo era necesario una oportunidad de canalizar sus emociones, lo cierto es que el lunes el tren llevó a Valiant por un sendero desconocido…
Ella estaba en su asiento habitual cuando un muchacho comenzó a hablarle en un tono fastidioso al principio, insolente luego y violento luego, amenazándola a los gritos con arrojarla del tren. Los demás pasajeros miraban la escena con curiosidad o indiferencia, algunas volvían la cabeza para no involucrarse. De pronto el muchacho levantó la mano formando un puño sobre la chica….
Pero el golpe nunca llegó a caer.
Una mano firme y poderosa lo había detenido antes de que comenzara a moverse. El agresor se volvió a ver quien había osado meterse en sus asuntos. Se encontró frente a una mirada fría, imperiosamente aterradora, aún cuando no expresaba enojo alguno. Unos segundos bajo esos ojos de acero derritieron las ganas de pelear del muchacho, quien se apresuró a marcharse hacia el rincón más alejado del vagón y acomodarse en una butaca, aplastándose contra ella como si quisiera desaparecer.
La mirada fría del salvador de la chica se derritió y se volvió extremadamente cálida como un hermosa y reconfortante caricia cuando se dirigió a la joven. Por un momento sólo hubo una larga y elocuente mirada. Inmediatamente él volvió a su asiento y ella dirigió su rostro hacia la ventana. Cuando ella se bajó del tren, al pasar junto a Valiant le dejó un pequeño papel. Era la notita que él había dejado escondida en el celular de ella al devolverlo.
Valiant la siguió con los ojos, aún cuando ella ya había descendido dos estaciones atrás.
Al día siguiente Valiant se acomodó en su asiento habitual y esperó que ella subiera.
Ella ascendió y, al llegar frente a él le dijo:
-Mi nombre es Lucy.
Luego se sentó en el asiento vacío junto a Valiant. Durante unos segundos no ocurrió nada, ninguno se movió o dijo nada, de hecho Valiant ni si quiera  había intentado decir su propio nombre. El tiempo pasaba imperceptiblemente.
Entonces… la magia del destino…
Lucy apoyó suavemente su cabeza en el hombro de Valiant y murmuró:
-Gracias… por todo… Valiant.
El tren proseguía su marcha con calma de quien siente cumplida su más importante misión. El tren transitaba… las vías del destino.
FIN


[1] Valiant: del Francés, significa “Valiente”.




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Comentarios

Mariela Marianetti ha dicho que…
Me ha gustado mucho Vaeneria, tanto que lo compartí en mi Face personal. Un abrazo amiga.
Vaeneria ha dicho que…
Gracias, Mariela! Me encanta que te haya gustado y lo compartieras. Muchas gracias!
Un beso :)

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