Paisaje


Ese lugar con perfiles de sol era el sitio favorito de Sam. Sentía que en todo el mundo no había un paisaje como ese, tan calmo, hermoso, pero a la vez salvaje y vivo. Todo estaba teñido de oro y fuego. Los árboles mismos parecían estar en llamas, con sus copas llenas de hojas de un color rojo intenso. Los bancos de la plaza fueron tocados por el rey Midas, pensó Sam, maravillado ante el insólito tono dorado del cemento. El sendero, bañado de una iridiscencia tenue pero palpable, estaba pavimentado con las hojas que caían de los árboles, cambiando del rojo al amarillo. Los árboles estaban llenos de fuego y el suelo de plumas de canario. Hasta las nubes estaban detenidas con una tonalidad sonrosada al ser tocadas por los rayos del sol del amanecer. No tenían ganas de seguir viajando y ceder su paso de la noche azulada con destellos blancos al día nuevo y luminoso. Una ardilla de pelaje color trigo estaba sentada en el camino, más allá, dos palomas picoteaban el suelo en busca de algún desayuno tempranero, disfrutando de los cálidos rayos de sol.

Era un paisaje hermoso, tranquilizador, vivo.

Era… el mural más perfecto que Sam había pintado en toda su vida.

Estaba ubicado en el living de su casa, pero era la puerta hacia otros mundos, nuevos y viejos, conocidos y desconocidos y Sam sólo tenía se mirarlo para sentirse sereno, libre, auténtico.

Un mural que transmitía paz y libertad. Un mural hecho con fe y amor. Un mural… totalmente Vivo.

FIN





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