Presión y prisión


Yo quería transgredir, sentirme libre y auténtico. Pero no me lo permiten ni mis familiares ni mi entorno. Mejor comento la situación para que me comprendan.
Soy un estudiante de medicina, pero mi problema es que no tengo vocación de médico sino de pintor. Pueden imaginarse el drama que se presentó en mi casa la primera y última vez que le planteé a mis padres la posibilidad de estudiar pintura en lugar de seguir alguna carrera “tradicional” como medicina o abogacía. Basta decir que nunca había notado la estridencia de la voz de mi madre ni lo asesino de la mirada de mi padre. Supongo que ya se imaginarán el resto. Fue muy desagradable. Lo suficiente como para que yo no volviera ni a sugerir convertirme en pintor. En lugar de eso me aboqué al estudio de la medicina, una carrera bien tradicional e inofensiva, a la que me dediqué con esfuerzo resignado y total. Al menos ahora no iba a tener conflicto con nadie. O eso creí.


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Todo el proceso que cambió mi vida se originó ese día, esa noche en realidad. Comenzó cuando regresé a casa después de aprobar un examen final, que no había sido difícil sino largo. Había sacado excelente nota pero estaba agotado. Sólo quería llegar a casa, cenar y tirarme a dormir. Pero mis padres tenían otros planes.
Apenas llegué a mi casa me encontré en medio de una fiesta, fiesta que habían preparado mis padres para festejar que yo aprobé mi examen, aún cuando ellos ni sabían cómo me había ido. Cuando les pregunté a qué se debía la fiesta dijeron simplemente que era para mí, por seguir siendo tan buen alumno, aplicado y siempre de excelentes notas.
Fue muy incómodo estar cuatro horas escuchando cómo presumían mis padres a sus amigos, que eran mucho más numerosos que los míos, que sólo eran tres. No dejaban de alabar mi inteligencia, mi capacidad para el estudio, mis buenas notas, pero, por sobretodo, no dejaban de repetir que yo estaba cumpliendo mi sueño al estudiar la carrera que siempre me había gustado.
Por supuesto, eso no fue todo. Al finalizar la fiesta, mi padre se me acercó y me dijo con toda solemnidad:
-Hijo, estoy muy orgulloso. Me alegra mucho ver que te estás convirtiendo en un hombre valioso y útil, y que no siguieras el ejemplo de ese muchacho al que llamás amigo, el que dejó arquitectura para volverse escritor, poeta o no sé qué estupidez. En fin, vos sí vas a ser un hombre de verdad, un hombre feliz. Te felicito, hijo.
Esa noche apenas pude conciliar el sueño. Las imágenes de la fiesta y las palabras de mi padre se mezclaban en mi cabeza dejándome aturdido y ahogado. Finalmente logré dormir, con un único pensamiento en la cabeza.
Al día siguiente me levanté más temprano de lo habitual e hice varios trámites burocráticos, aburridos pero con mucho sentido. Cuando regresé a mi casa me sentí ligero, feliz. Acababa de inscribirme en un instituto de arte. ¡Iba a ser pintor!
Y así fue. De día estudiaba medicina y de noche, pintura. Mis padres no lo saben y no sé si algún día se enteren o lo entiendan. Pero ahora eso no me importa. Ahora soy libre.

FIN





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Comentarios

Lao ha dicho que…
Muy importante el tema que vos planteas.Pienso que en realidad, lo que se presenta como vocación, debe ser tomado en un sentido dinámico. Es decir, puede variar o se puede persistir o retomar cuentas pendientes. Conozco por ejemplo a médicos que, son muy buenos pintores, y, eso les permite
ejercer bien la medicina. Esto es porque han liberado su esencia real. Muchos saludos.
Vaeneria ha dicho que…
Gracias, Lao,por tu comentario. Me sorprendió lo de los médico pintores, pero veo que mi historia es más real de lo que imagine. Me gustó mucho tu idea de liberar la esencia real. Eso es lo que nos hace libre y completos. Saludos :)
Anónimo ha dicho que…
Buen comienzo
Vaeneria ha dicho que…
Gracias, Anónimo. Me alegra que te guste mi relato.
Saludos :)

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