El misterio


El mundo real era… un misterio para él. Nunca había estado en él. Era un espectador de un radioteatro, escuchando atentamente todo cuanto lo rodeaba, intentando formar parte de el mundo real. Pero los sonidos que oía eran extraños porque no conocía nada con lo cual identificarlos. Así fue como el mundo real se transformó en un montón de imágenes diseñadas por su imaginación.

Sin embargo no se sentía triste, sólo algo desconcertado. Le gustaba ese juego de la imaginación dónde las cosas siempre eran como él quería e imaginaba. Lo mantenía activo, algo fundamental para cualquier muchacho de diecisiete años como él. Le encantaba correr y nadar, pero su madre nunca lo dejaba practicar por temor a que tuviera un accidente, a pesar de que él era extremadamente cuidadoso incluso al tender su cama.

Su padre siempre fue más liberal, menos sobre protector que la madre, así que no tuvo mejor idea que inscribirlo en clases de canto, algo que él aceptó “encantado”. Luego de seis sesiones había desarrollado una su voz de tenor en un modo asombroso, y cuando dio su primer concierto con la clase, incluso su madre dijo que las clases de canto había sido una excelente idea.

Pero lo que más le gustaba era que le leyeran libros. Como le era prácticamente imposible conocer el mundo real del que todos hablaban, los libros que escuchaba eran algo mágico, porque cada escena y elemento de la misma era como él se la imaginaba, porque no conocía la forma original del objeto o paisaje que oía describir. Para él, el mundo real era tal cual se le representaba en la mente. Cuando escuchaba palabras como plato o perro entendía que uno era un objeto para colocar comida y el otro era el miembro más peludo de su familia, pero el aspecto de cada uno era el que él mismo elegía darle.

Ahora, si bien había desarrollado una extraordinaria capacidad imaginativa, muchas otras partes de su mente permanecían en la oscuridad de la ignorancia. Sus padres decidieron echar un poco de luz en su intelecto y lo enviaron a una escuela a pesar de su edad. Lograron que ingresara en el primer año de secundaria, porque ya había hecho la primaria pero había pasado varios años desde que estudiara por última vez. De hecho, el no recordaba nada de lo que se suponía había aprendido en esa escuela que algunos llamaban especial pero él no entendía porqué.




Sin embargo, en su regreso al mundo académico, se dio cuenta de dos cosas: que el mundo real no era como él había imaginado y que el grado de oscuridad que había en su vida era más complicado de lo que é suponía.

Al principio oyó a sus padres hablar nuevamente de un colegio especial, pero luego resolvieron enviarlo a uno común. Él no sabía que diferencia había, así que aceptó encantado.

Fue a su primer día con el entusiasmo que sólo se tiene en primer grado. Estaba entusiasmado con aprender cosas relacionadas con el mundo real.

La profesora lo presentó ante la clase diciendo su nombre y llamándolo especial, él se sintió orgulloso de ello. Lo sentaron junto a un chico de voz suave pero intranquila que se presentó fugazmente como Samuel.

-Te daría la mano-dijo Samuel-, pero ni siquiera lo notarías, de hecho ni lo verías.

-¿Cómo? ¿Por qué decís eso?-se extrañó el joven.

-No, por nada, me pareció que no te dabas cuenta que todos te tratan como lo que sos: alguien diferente, especial.

-¿Y que tiene de malo? ¿No somos todos especiales y diferentes?

-No, nosotros somos especiales pero vos sos muy diferente.

-¿A qué te referís?

-Tal vez nadie te lo dijo, pero vos no deberías estar acá, esta es una escuela común y vos no sos común.

-¿Cómo? ¿No soy…?

-Exacto, no sos como yo, yo sé qué nos rodea, conocemos el mundo real.

-Yo también.

-Ah, ¿sí? ¿De qué color es este banco dónde estamos sentados?

-¿No estamos sentados en sillas?

-Bueno, ¿de qué colores son las sillas?

-No lo sé, pero deben ser blancas porque son cómodas y el color blanco es cómodo porque siempre escuché que queda bien con todo.

Por toda respuesta, Samuel se echó a reír, con una risa fuerte que encandilaba los oídos del muchacho.

-¿Te das cuenta de que no sos como yo? Ni siquiera hablás como se debe. Te voy a abrir con los ojos, porque realmente lo necesitás, en todo sentido.

-¿Qué…?

-Seguro nadie te lo dijo nunca, pero vos no podés ver nada, no ves el mundo real. Sos un ciego.

Un silencio estremecedor sacudió al joven, hasta dejarlo aturdido y confuso.

Ciego. Había escuchado esa palabra hace años pero había olvidado todos su significado. Incluso aquel cuyo sinónimo era Yo.

El resto del día escolar transcurrió sin que él lo notara. Se sentía confundido, muy confundido. Su memoria comenzó a recordar el significado de la palabra ciego. Entonces una frase vino a su mente :”… ni siquiera lo verías.” Y luego “…no ves el mundo real…”

Su madre fue a buscarlo, preguntándole que tal su día. Él se quedó callado, murmurando un vago “Bien.”

No ocurrió nada hasta la hora de cenar. Luego de ayudar a su madre a tender el mantel, se sentaron los tres a cenar. Unos minutos después, el muchacho preguntó:

-¿Es verdad que soy ciego?

El ruido que hizo un tenedor al caer fue lo suficientemente estridente para que él notara que nadie estaba listo para semejante pregunta.

-¿Por qué preguntás eso?-quiso saber su madre en tono inquieto.

-¿Es verdad?

Un momento eterno de silencio le indico que sus padres se miraban como sopesando la respuesta correcta. Al fin su padre dijo con voz suave:

-Sí, es verdad, pero no tiene que ser algo que te preocupe.

-Pero me preocupa, porque me doy cuenta que las cosa no son como yo imagino, que el mundo real que veo es real para mí nomas, y yo quiero ver el mundo como es, como lo ven todos.

-Ya hablamos de esto, dijimos que no se podía cambiar, que era permanente.

-Tiene que haber algún modo en que pueda volver a ver. Yo antes veía, pero no me acuerdo de nada porque fue hace tiempo… Ni del rostro de ustedes me acuerdo.

Esa frase quedó flotando en el aire unos momentos antes de que su madre diga:

-Creo que ya es hora de visitar al oculista de nuevo, ya pasaron varios años, tal vez haya algún adelanto.

A partir de ese momento, los tres iniciaron una búsqueda incansable para encontrar un tratamiento.

Mientras tanto, el joven continuaba asistiendo a la escuela. El hecho de reconocerse ciego no había minado su autoestima, seguía desenvolviéndose de forma casi independiente gracias a su fino oído. Se unió apenas pudo al coro del colegio y continuó perfeccionándose. Pero lo más extraordinario ocurrió cuando sus padres le preguntaron qué profesión le gustaría desarrollar en un futuro.

Dijo que deseaba ser escritor.

Sus padres, obviamente se sorprendieron, pero él contestó que quería compartir su visión del mundo real con los demás, para que ellos pudieran desarrollar su imaginación y soñar tanto como él lo había hecho, con la satisfacción que ello conllevaba.

Su familia no le dijo nada, pero continuaron buscando un tratamiento. Y luego de dos meses, una llamada desde el consultorio del oculista les acrecentó la esperanza. Había un procedimiento que podía devolverle la luz al muchacho. Era complejo pero posible y esperanzador: un trasplante de córnea. Pero el único problema era encontrar un donante.

En esa otra búsqueda pasó otro mes, mientras el joven seguía alternando sus clases de canto con grabaciones que realizaba en un mini-grabador de las historias que iba creando para cuando pudiera escribir.

Una mañana, al cumplirse un mes y seis día desde que le dijeran de sus nueva esperanza, el muchacho recibió otra llamada. Había aparecido un donante y todo indicaba que era compatible. Era de un joven fallecido en un accidente automovilístico.

Se tomó la decisión y la operación se realizó.

Fue extraño porque luego de ella, la oscuridad seguía envolviendo al joven.

Un día después, luego de despertar, el chico notó que la oscuridad comenzaba a disiparse, hasta que lentamente comenzó a ver contornos, colores difusos, sombras de color indefinidas. Luego con el pasar de los minutos y las horas comenzó a tener mayor nitidez. Finalmente, al anochecer, luego de festejar con un brindis en copas de cristal y bebidas de color rubí, el muchacho agradeció al donante que le había devuelto el arcoiris a su vida.

Su desarrollo académico fue imparable y comenzó a publicar sus escritos. Su vida había cambiado.

Su primer libro fue autobiográfico, relatando su vida en negro y a color.

El título del libro fue : “El arcoíris: mi vida en luces y sombras.”

La dedicatoria decía: “A Samuel, la persona que me hizo descubrir que las cosas no eran como yo creía, pero que sin saberlo fue la persona que me dio la oportunidad de ver la vida en tods su espectro de color. Gracias, Samuel, desde acá mi homenaje a vos que estás arriba. Gracias por ayudarme a desentrañar… el misterio del mundo real.”

FIN




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