MUCHACHO MISTERIOSO


No había palabras para describirlo. Era la persona más extraña que yo jamás había conocido, el muchacho más sorprendente del mundo.

No recuerdo su rasgos físicos, a excepción de sus ojos. Era un mirada que tenía una sola palabra escrita. Esperanza. Tal vez una de las palabras más raras de esta época. Él sí tenía ojos “color esperanza” como dice la canción de Diego Torres. Lo único que podía equipararse con sus ojos era su voz, una voz que era idéntica a su carácter. Era como oír y ver al viento: por momentos era suave, dulce y refrescante, una pausa sin tiempo, pero en otras ocasiones era frío, distante y cruel, como una tormenta terrible y eterna de dolor.

Noté esos cambios conversando con él una tarde, al día siguiente de conocerlo. ¡Ah!, lo conocí esperando el colectivo, se acercó a preguntarme la hora (un clásico método de conocer gente ahora que lo pienso) y luego me agradeció con una amable sonrisa. Mentiría si no admitiera que estuve gran parte del día pensando en él, me había dado curiosidad sin saber porqué. Rogué volver a verlo, aunque no sabía para qué ni porqué.

Un momento de confusa oscuridad me envolvió.

Era el día siguiente. Volví a la parada del colectivo a la misma hora que lo había visto el día anterior. Una parte de mí me decía que era absurdo estar ahí esperando a una persona de la cual no sabía absolutamente nada, salvo que poseía la sonrisa más sincera que yo había visto. Se ve que esa parte de mi tenía razón, porque esperé una hora y no ocurrió nada. Decepcionada de mi infantil ilusión, emprendí el regreso a mi casa, en una hora tenía que ir a clases.

Después de caminar unas cuadras, llevaba las manos en el bolsillo de la campera y jugueteaba con las monedas. Tropecé con una baldosa floja y de forma instintiva saqué las manos de los bolsillos. Las monedas cayeron sin tardar al suelo. Me incliné a recogerlas. Una estaba un poco lejos y estiré la mano para tomarla. Pero alguien se me adelantó.




Levanté la vista y un par de ojos oscuros y dulces me devolvieron la mirada, con mucha menos sorpresa y mucha más amabilidad. Volví a ver esa sonrisa sincera y se la regresé, tratando de no ruborizarme (mucho). Por supuesto, en ningún momento recordé que tenía que ir a clases, ni que tenía un examen.

Le agradecí por ayudarme. Luego me dijo:

-¿Sos vos, no? La chica de ayer. Te pregunté la hora, ¿te acordás?

-Sí, soy yo.

Luego de otra breve sonrisa me dijo su nombre y yo el mío. Curiosamente, su nombre es lo único que no recuerdo. Sí ya sé que no es posible, que si tanto me había impactado el muchacho era lógico que no olvidara su nombre, pero no fue así. Nunca acabé de entender porqué olvidé su nombre. Tal vez su recuerdo en mí fuera algo más perdurable que un nombre. No lo sé.

Vuelvo. Me invitó un café, pero no en la zona donde yo vivía sino un poco más lejos, en un bar que daba a un paisaje muy hermoso, un parque que lindaba con un lago, con pocos árboles pero con una tranquilidad imponente. Charlamos de algunas cosas superficiales, del tipo que se charla cuando uno conoce a una persona, nada profundo. Luego del típico e infaltable comentario sobre el clima, miré por la ventana, hacia el parque. Comenzaba atardecer y el cielo evolucionaba de dorado a naranja, luego fuego, luego violeta profundo con toques de azul oscuro. Ninguno de los dos dijo nada mientras contemplábamos ese magnífico espectáculo. Luego él dijo con voz suave:

-Ningún pintor podría recrear algo tan perfecto aunque se le fuera la vida en ello.

-Bueno, tal vez, si se esfuerza mucho… logre algo parecido.-contesté.

-Sólo lograría una copia, y las copias son insultos a los artistas que crearon el original.-replicó, elevando débilmente la voz, y agregó- Si pinta algo parecido y le gusta, es un conformista, un mediocre.

-Creo que todos los artistas, siempre que terminan una obra que les costó mucho, creen que es lo mejor que se hizo, para ellos es perfecta. ¿Es mediocre por sentirse orgulloso de su trabajo terminado?

-Sí. Te digo porqué: si les costó tanto esfuerzo llegan a un momento en que se quedan sin fuerzas y deciden terminar pronto la obra porque ya están cansados o aburridos. Son unos mediocres, porque, pudiendo hacer un poco más de esfuerzo, podrían lograr una obra realmente buena, casi perfecta y eso sí sería original y único, aunque esté inspirado en otra cosa. Sólo me gustan los artistas y las personas que terminan su trabajo cuando están seguros de que no podría ser mejor aunque invirtieran más esfuerzo, porque ya se esforzaron cuanto podían y más allá de su potencial también. Se forzaron a terminar, y aunque les haya resultado difícil y doloroso, sabían que era para lograr algo extraordinario, algo raro, algo que tal vez sólo ellos entiendan, pero que les sirve muchísimo.

Yo me quedé observándolo fijamente, pensando en sus palabras. Su voz había sido suave, determinada, fría al pronunciar la palabra “mediocres”, orgullosa al explicar su idea de artistas reales, entusiasta al mencionar lo muchos que sirve una obra bien hecha. Nunca había escuchado a nadie hablar de esa forma. Sentía cada letra, cada palabra que decía, se comprometía con lo que afirmaba, sin miedo a las consecuencias. Realmente era una persona extraordinaria.

Se rió levemente como disculpándose.

-Perdón, creo que te abrumé o te asusté. ¿Estás bien?

-Sí. Gracias. Estaba pensando en lo que dijiste. Nunca había conocido a nadie… perdón, nunca había escuchado a nadie hablar… razonar como vos. Es verdad lo que decís. No hay que ser conformista ni mediocre, hay que esforzarse, hasta que duela y más todavía.

-Ah, bueno. Me alegro que te haya gustado mi idea, normalmente cuando empiezo a hablar y digo cosas así, la gente me saluda rápido y se va.

-Que mente tan cerrada. Yo siempre traté de tener una mente abierta, tratando de no encerrar a nadie en ninguna categoría hasta conocerlo más o menos bien.

-Muy bien, es bueno que pienses así. Yo a veces me siento un poco solo porque nadie dice lo que piensa de la forma en que yo sí lo hago, todos prefieren ocultar cosas o decir sólo lo que los demás quieren escuchar. Hay que hablar con la verdad o vivir mintiendo, ser sincero o complaciente.

-Es verdad. Creo que siempre fui muy complaciente, voy a empezar a ser más sincera, a hablar con la verdad.

-Bien muy bien. Bueno, ahora siento que realmente aproveché este día. “Carpe Diem”.

-Aprovecha el día. Me encanta esa frase. Una vez estaba esperando el colectivo y me dio frío. Me moví hasta un rayo de sol que había a menos de un metro. Ah, no puedo decirte lo reconfortada que me sentí, no sólo por el sol, sino por lo poco que se necesita para sentirse bien.

Ésta vez él fue quien se quedó mirándome fijamente, no con extrañeza, sino con algo similar a un orgullo mezcla con ternura.

Nunca noté en que momento me tomó de la mano.

Charlamos otra hora, Fue la hora más extensa y profunda que había vivido. Nunca había tenido una conversación tan hermosa.

Tal fue por eso que nunca supe porqué ni como había terminado. Lo cierto es que cuando ya cerca de las ocho de noche oí un sonido raro, estridente, y el rostro de él se desvaneció de golpe.

Parpadeé.

Estaba en mi habitación, en mi cama. El despertador sonaba con cruel insistencia. Yo lo miraba fijamente, con rabia y decepción. Lo arrojé con rencor contra la pared.

* * *

Ese día me levanté y desayuné presa de una gran melancolía. El día fue lento y deprimente.

Cerca del atardecer fui a esperar el colectivo para ir a clases. Me faltaban monedas, sólo tenía billetes, y ya estaba en el colectivo. Iba a bajarme, cuando alguien me acercó unas monedas. Pagué apresuradamente el boleto y me di vuelta para agradecer la ayuda.

Un par de ojos llenos de y esperanza y la sonrisa más sincera que había visto me devolvieron el saludos.

Él me miró y sin dejar de sonreír, me preguntó:

-¿Te conozco? Te me hacés familiar. ¿Te gustaría tomar un café?

Yo sonreí y charlamos todo el trayecto.

Ni siquiera me di cuenta que ya había pasado el lugar donde debía bajarme.

Continuamos la conversación, mientras que el cielo comenzaba a teñirse de anaranjado y dorado.




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