Infierno en la Mutual

*Basado en hechos reales.

Alejandro London salió de su casa dirigiéndose a su trabajo. “Hoy va a ser un día excepcional”—se dijo.
Caminó por la angosta vereda de la avenida, atestada de gente apurada y de autos que contaminaban el aire, hasta llegar a la parada del colectivo. Subió al ómnibus y se sentó en el primer asiento detrás del conductor. Le agradaba oír las noticias cuando iba en el colectivo.
“Nuevo atentado en Israel— informó el locutor—Un automóvil cargado con explosivos estalló frente a un bar. Hubo dos muertos y quince heridos, las autoridades tratan de encontrar a los autores del hecho...”
No pudo oír nada más porque dos mujeres se sentaron en los asientos que había frente a él y comenzaron a charlar.
Malhumorado por esta situación, se puso a pensar en el asunto del atentado. “Gracias a Dios esas cosas no pasan acá en el país—pensó Alejandro—Menos que menos en capital federal.”
Bajó del colectivo en la calle Pasteur. Frente a él, en Pasteur al 633, estaba la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina), donde trabajaba. Era una enorme mole de cemento, loza y acero. Decían que era indestructible...
Alejandro consultó el reloj. Eran las ocho menos diez. Cruzó la calle y atravesó la puerta. Cuando se dio vuelta y miró nuevamente hacia la calle, le extrañó ver una camioneta blanca (una traffic estacionada justo frente a la puerta. Sin darle mayor importancia, se encaminó hacia su oficina (“Administración”), ubicada en el segundo piso y entró.
Su compañera de trabajo y mejor amiga, Mariela Herrera, lo saludó:
—Hola “Alex”. ¿Cómo estás?¿Te enteraste del atentado en Israel?
—Sí me enteré. Pero ese tipo de cosas no pasan acá.
—Yo no estaría tan segura. Con la inseguridad que hay hoy, le puede pasar de todo a todos.
Alejandro se encogió de hombros y preguntó:
—¿No sabes de quién es esa camioneta blanca que está estacionada frente a la puerta?
—No sé, pero vi a dos empleados vestidos de anaranjado poner un paquete marrón en forma de cilindro en la parte de atrás.
—Que raro—se dijo Alejandro en voz baja.




Se sentó frente a su computadora y comenzó a pasar datos de un modo monótono y aburrido.

A las nueve cincuenta de mañana, se levantó y preguntó a Mariana:
—¿Quieres un café? Voy hasta la máquina del piso de arriba.
—Bueno, sí, gracias, pero sin azúcar que estoy a dieta.
Alejandro le sonrió, se dio vuelta y se encaminó a las escaleras de mármol que llevaban al piso superior(“Biblioteca”). Cuando llegó al final de las mismas, dobló a la izquierda y fue a la máquina de servir café. Eran las nueve cincuenta y dos, con cuarenta segundos. Alejandro se asomó a la enorme ventana que había frente a la máquina y vio que la camioneta seguía allí estacionada, pero tenía las puertas traseras abiertas.
De repente, uno de los hombres de traje naranja que Mariela había visto salió corriendo de la traffic a toda velocidad.
Un segundo después la camioneta explotó.
Alejandro no alcanzó a contar otro segundo. Comenzó a escuchar una serie de explosiones ininterrumpidas que iban acercándose cada vez más a él. Dio un grito de terror y echó a correr por el pasillo hasta llegar a la plataforma de las escaleras. Apenas tenía un pie en el aire cuando ana de las explosiones que lo “perseguían” hizo salir despedida la máquina de café que estaba a tres metros de la escalera. El violento choque recibido lo arrojó contra la pared. Aturdido, abrió los ojos rápidamente y miró de costado. Un destello rojizo le recordó qué estaba pasando. Se agarró de la baranda de hierro de la escalera y se incorporó lo más rápido que pudo. El calor era insoportable. Su primer pensamiento fue para Mariela. Repentinamente todo comenzó a temblar, y Alejandro notó con horror que el piso de loza cedía bajo sus pies. El suelo se desplomó y cayó al fondo, junto con Alejandro. Golpeó contra los escombros. Intentó levantarse, pero el dolor lo derrotó, y Alejandro London cerró los ojos...

* * *

—¿Cuánto tiempo duró el derrumbe?
—Cuatro segundos. Fue a las nueve y cincuenta y tres, exactamente.
—¡Abran paso!¡Cuidado que está muy herido!
—¿Respira todavía?
—Sí, gracias a Dios está vivo.
—¡Ustedes, de la ambulancia!¡Llévenlo volando al hospital!

* * *

—Alejandro, Alex, ¿Estás despierto?
Murmuró un “Sí” con el mismo tono que hace un niño en su primera palabra.
Tardó uno segundos en darse cuenta de que estaba en una cama, en un hospital, con todo el cuerpo dolorido y de que ...ESTABA VIVO.
Giró la cabeza a un costado y dijo con un hilo de voz:
—Mariela, estás viva.
—Sí. Me rescataron quince minutos después que a vos. Los bomberos estaban muy contentos. Decían que era la tercera persona con vida que rescataban. Cuando les pregunté quienes habían sido los otros dos, me dijeron Héctor Mazza y Alejandro London. Es increíble. Todavía no puedo cree que esto haya pasado y que estemos vivos.
Alejandro volvió su mirada al techo, suspiró y cerró los ojos adormeciéndose.

Salió del hospital a los seis días y pasó, junto con Mariela, por lo que había sido edificio de la AMIA. Ahora no era más que un montón de escombros, recuerdos y víctimas enterrados bajo el velo de la muerte.
Consultó su reloj por primera vez desde el atentado. Recién entonces se dio cuenta de que su reloj estaba parado. Estaba por comentárselo a Mariela cuando sus ojos se posaron en las agujas y el recuadro pequeño que indicaba el día . Paralizado por la impresión le hizo una seña a su amiga para que mirara el reloj.
Ella lo hizo y enmudeció de horror.
El reloj marcaba el día dieciocho de julio de 1994 a las nueve horas y cincuenta y tres minutos exactamente....

FIN




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