Presagios



Basado en un hecho real que superó cualquier ficción.

Mi espíritu sereno no lo estaba tanto ese día. Todo el universo conspiraba para que llegara tarde al trabajo. El subterráneo demoró diez minutos, otros dos minutos para subir a él, un trayecto alargado por el fastidio del retraso. Yo estaba molesto. Mucho me había costado llegar a trabajar en ese edificio como para que un tonto subte lo arruinara todo. Pensando en que era muy probable que le gritara a todo el mundo ese día, decidí calmarme y tomar un café, aunque eso significara llegar cinco minutos más tarde.
Estaba en el bar cuya ventana principal daba a una de las esquinas de los edificios gemelos donde yo trabajaba. Eran el Word Trade Center, el Centro Mundial de Comercio, o simplemente Las Torres Gemelas. Habían pasado unos quince minutos de las ocho y media de la mañana. Estaba tomando un sorbo de café, cuando de pronto pasaron varias cosas a la vez: Se oyó una especie de zumbido, luego un terrible estruendo, al tiempo que todo se sacudía. La ventana estalló en miles de fragmentos de dolor que castigaron mi cara y manos. El café acabó en mi camisa y yo en el suelo, junto con la silla y la mesa. Un grito de sorpresa y desesperación me golpeó los oídos. Al levantar la vista hacia la calle vi personas que corrían en direcciones contrarias, algunas se acercaban a las torres y otras huían de ellas. Sintiendo un miedo paralizante y repentino me levanté y me dirigí a la calle. Parecían llover papeles de diferentes tamaños. Apenas había llegado a la puerta del bar cuando algo me golpeó en la cabeza. Levanté la vista y palidecí de horror.


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Una enorme nube de humo negro salía de una de las torres. Un voraz incendio comía varios pisos. Todo parecía indicar una enorme explosión. Pero unos destellos metálicos me resultaban extraños. Entonces recordé el zumbido que había oído anteriormente. Y lo entendí: un avión se había estrellado contra la torre. Sorprendido de la peor forma me quedé inmóvil, dividido, o mejor dicho tironeado, entre los deseos de acercarme y ver si podía ayudar en algo, y mis ganas de salir corriendo aterrado.
No sé cuánto tiempo estuve parado mirando hacia arriba. Cuando me disponía a irme, porque no había nada que yo pudiera hacer en esa situación, volví a oír el zumbido. Un segundo después un estruendo terrible volvió a sacudir todo. Caí de lleno al suelo. Levanté la vista nuevamente y vi un destello de fuego en la otra torre, que acababa de ser atravesada por un avión. Era imposible y sin embargo lo estaba viendo. Todo era confusión, miedo, humo, desesperación y muerte, sobretodo muerte, ya que muchas de las aterradas personas que estaban en las torres preferían arrojarse al vacio para evitar morir calcinadas. Era horrible verlas caer hacia una muerte inevitable. No pude soportarlo y baje la vista. Caminé un par de metros, entre la masa de gente que corría en todas las direcciones, que gritaba, que trataba de registrar el irreal acontecimiento con su celular o cámara de fotos o filmadora. Caminé rápido para alejarme, cuando de pronto algo me golpeó con fuerza en la cabeza y me desmayé…
Desperté en el suelo, junto a mi cama. Estaba en mi habitación, en mi departamento. Me levanté y miré el reloj de mi mesita de luz. Eran las diez de la mañana. Me había quedado dormido. ¡Pero qué sueño tan horrible! Aún me sentía agitado. Me vestí rápidamente, encendí la televisión para no estar desactualizado, y comencé a prepararme un desayuno rápido. Confiaba en que mi buena puntualidad fuera tenida en cuenta por mi jefe y no me castigara tanto por llegar más de una tarde. Volví la vista al televisor con la taza de café en la mano. Entonces ví una imagen en la pantalla y palidecí de golpe.
La ventana al mundo mostraba en vivo el fuego, el humo y el horro que invadían las Torres Gemelas. Dos aviones habían impactado contra ellas. Las personas corría, gritaban y las que estaban atrapadas en las julas de cemento y fuego estaban tan aterradas que muchas se arrojaban al vacío. Era escalofriante, indescriptible. Y lo peor es que ya no era un sueño. Era real. Tan real como mi miedo, mi sorpresa… y mi gratitud al despertador que no sonó, que Dios no quiso hacer sonar.
Estuve deambulando por mi departamento todo el día, casi sin apartar la vistas de la televisión. Las Torres Gemelas finalmente se derrumbaron por completo. Ni los mejores materiales de construcción habían podido vencer al odio más extremo, incomprensible y estúpido que yo vi hasta ahora.
Muchas, muchísimas personas murieron ese día, no sólo a causa del humo, el fuego y el derrumbe. Muchas murieron porque perdieron la fe, la esperanza, la confianza, la seguridad. Fue el finde muchas vidas, en todo sentido.
Yo opté por regresar a mi país de origen, a mi viejo departamento, a mis viejos y leales amigos. Pero ya no era el mismo, algo, no sé bien qué, había cambiado en mí.
Pero siempre conservé mi fe, sobretodo, aprendí a leer las señales que nos indican algún peligro.
Mi vida y el mundo cambiaron el día que un presagio me permitió seguir viviendo. Un reloj despertador que no sonó. Mi vida reinició ese día.
Ahora realmente vivo cada día. Ahora vivo.





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